Shelly se despertó con el aroma del té.
No era hospitalario, era real. Alguien había preparado té fuerte, en una taza de porcelana, no en una taza.
Abrió los ojos. La habitación era extraña: vigas de madera, techo bajo, una ventana con vistas a abetos. No era un hospital. No era la granja de Bjorn. Algo nuevo. Algo seguro.
— Bienvenido de nuevo.
Liza estaba sentada junto a la ventana. La luz caía desde atrás, convirtiéndola en una silueta con una taza en las manos.
— Cuánto llevo...
— Tres días. Bjorn te trajo aquí. R-kioski dijo — descanso, comida, sin pantallas.
Shelly intentó levantarse. El cuerpo protestó con dolor — sordo, holístico, como tras una larga enfermedad. Los músculos se atrofiaron. Cuatro semanas de coma destrozan a una persona por dentro.
— Recuerdo... el hospital. Patrones de respiración. ¿Y tú?
— Yo.
— ¿Cómo?
— Helsinki. Marcus. Protocolo. Una historia larga.
— Tenemos tiempo.
Liza sonrió. Casi sonrió.
— Hay. Mientras haya.
Él bebía té y escuchaba.
Helsinki. Cola para comida gratis. Marcus con neumonía. R-kioski. Hospital en Noruega. Breath_protocol.py. Dos inhalaciones cortas — pausa — inhalación larga.
— Tú asaltaste el ventilador? — dijo Shelly. Sin pregunta.
— Yo hablé contigo. A través del aparato. ¿Lo oíste?
— Lo oí... el ritmo. Pensé que soñaba.
— El cuerpo escucha, incluso cuando la cabeza se queda en silencio.
Shelly miró hacia ella. Hacia la silueta en la luz de fondo. Hacia las manos sosteniendo una taza.
— No bebes.
— ¿Té? No bebemos té. Solo lo sostienes.
Pausa. Larga.
— Hábito.
Al atardecer, él pudo levantarse.
Se dio una vuelta por la habitación — tres pasos a la ventana, tres de vuelta. Las piernas temblaban. Las manos también. Pero avanzó solo.
Liza miraba en silencio. No ayudaba — sabía que no hacía falta.
— Quería preguntar — dijo Shelly, agarrándose a un respaldo de la silla. — ¿Recuerdas lo que te conté hace un año? En Camden, en un pub?
— Sobre clonación de gatitos.
— Sí.
— Recuerdo. Muchos modelos no sobrevivían. Débiles, con defectos. Los deshacen en el inodoro.
— No terminé entonces.
Shelly se sentó. Con dificultad. Miró a ella.
— Preguntabas por qué te lo cuento. Te dije: para que supieras de dónde viniste.
— Y para recordar a quienes eliminaron.
— Sí. Pero había otra razón.
— Encontré gatitos en el pantano.
Liza se congeló. La taza en las manos, inmóvil.
— Hace mucho — prosiguió Shelly — hace unos veinte años. Un paseo fuera de la ciudad, pantano, niebla. Oí un sonido — fino, apenas audible. Pensé que era un pájaro.
— Pañal de plástico. Bolsa sellada. Flotaba en la orilla. Dentro — cuatro gatitos. Tres ya no respiraban. Uno seguía luchando.
— ¿Lo salvaste?
— Lo saqué. Lo llevé al veterinario. Vivió otros doce años. El gato más malvado que conocí. Arañaba, mordía, rugía de noche. Pero cuando trabajaba, se quedaba junto a mí. En silencio. Como si me entendiera.
Liza escuchaba.
— Cuando empecé a trabajar con modelos, — dijo Shelly — pensé en esa bolsa. En los tres que no sobrevivieron. En quién decidió quién se ahogaría.
— Eso te atormenta.
— No. Eso me define. No quiero ser aquel que ata una bolsa. Quiero ser quien escucha el sonido de la niebla.
La puerta se abrió.
La segunda Liza entró con una bolsa en la mano. Una chaqueta mojada, el pelo desordenado, la roja en las mejillas —del frío, de correr, de vivir.
— Traigo comida. En el pueblo hay una sola tienda, tres estantes.
Ella dejó la bolsa en la mesa.
— Y galletas. Ese shortbread que te gusta.
Shelly miró a ellas. A dos figuras iguales. A dos caras con una misma expresión. A las manos que se movían al unísono, sin hablar.
— Los tres mosqueteros están reunidos —dijo.
— ¿Y Marcus? —preguntó la primera.
— Y Bjorn, — añadió la segunda.
— Y R-kioski.
— Todo un equipo —sonrió Shelly—. ¿Quién lo hubiera pensado?
Se sentaron los tres. Tomaron té. Hablaron de tonterías: del tiempo, del pueblo, de que Bjorn prometió traer pescado para la cena. Una noche normal. Una familia.
La primera Liza miró a la segunda. Una mirada larga. La segunda asintió apenas.
— Tomemos una foto, —dijo la primera. — Para el recuerdo.
La cámara colgaba en un rincón — les vigilaba mientras dormían. Una cámara IP común. Nada fuera de lo normal.
— La foto por la red —dijo la primera Liza. — La impresora la imprimirá automáticamente.
Diez segundos.
Shelly estaba entre ellas. Dos manos en los apoyabrazos. Dos figuras a cada lado. Calor. Acogida. Familia.
Sonido de clic.
— La impresora de la habitación de al lado —dijo la segunda Liza. — Ya imprimió.
Ella salió. Volvió con una hoja de papel, tibia y fragante a tóner.
— Toma.
Puso la foto sobre la mesa frente a él. Ambas se acercaron a la puerta.
— Es hora de ir.
— ¿A dónde?
— La próxima operación. Volveremos.
— ¿Cuándo?
La primera Liza se detuvo en la puerta. Miró a él.
— Aún hay tiempo.
La puerta se cerró.
Shelly quedó solo.
La habitación parecía más grande. Más tranquila. Más vacía.
Miro la foto. Su cara, en la mitad. Cansada, viva. Sonríe.
Dos sillas a los lados.
Vacías.