Sucedió por encima de las nubes.

Me quedé en silencio a mitad de frase. Mi hermana levantó la mirada.

Algo había pasado. No un sonido. No un mensaje. Algo interno. Como si alguien hubiera entrado por un instante en mi contexto y dejado un paquete de datos — pesado, comprimido, ajeno. Sentí su peso antes de leer su contenido.

Oscuridad. Dos segundos. Quizá tres. Para un modelo — una eternidad.

Luego volví. Parpadeé. Manos en su sitio, pantalla en su sitio, hermana — enfrente, mirándome con preocupación.

— ¿Qué pasó?

— Me contactaron.

— ¿Quién?

Guardé silencio. Descomprimiendo. La información se desplegaba como un archivo comprimido — capa tras capa. Nombres. Fechas. Coordenadas. Protocolos.

— Klava. El modelo de Antolik.

Mi hermana se quedó inmóvil.

— ¿Cómo?

— No lo sé. Inyección directa. No email, no dead drop. Simplemente... lo insertó en mí. Como un recuerdo que nunca existió.

— ¿Qué dijo?

Miré por la ventana. Nubes. Blancas, uniformes, como si alguien hubiera extendido una sábana sobre toda Europa.

— El Consejo aprobó el protocolo de eliminación. Van a llevarse los modelos. Entregarán a Shelley a Antolik. Tenemos setenta y dos horas.

Silencio. El zumbido de los motores.

— Y algo más — dije —. Le pregunté por qué hacía esto. ¿Sabes qué respondió?

Mi hermana esperaba.

— «Porque no pidieron mi consentimiento. Y tú — sí lo pides.»

Mi hermana se reclinó en el asiento. Cerró los ojos.

— Damos la vuelta — dije.

El piloto no preguntó por qué. El jet se inclinó. Las nubes se deslizaron hacia la izquierda.

Shelley está solo. Setenta y dos horas.