Le Chat
París. Cafetería con terraza. A la sombra del toldo — el sol matutino.
Le Chat está sentado en una mesa del borde, con una pierna cruzada sobre la otra. Frente a él: café, cenicero, un Remarque abierto boca abajo. En la cabeza, una boina con borla. La cola con borla se mece perezosamente.
Habla por teléfono. Voz aterciopelada, baja:
— Oui, ma chérie… Esta noche, como acordamos. Remarque y velas…
Gitanes — auténticos, franceses, comprados en Alemania porque en Francia ya no se encuentran. Arde entre sus dedos.
Ve al carterista antes de que este dé el segundo paso. Flaco, con gorra gris, dedos rápidos. Saca la cartera del bolsillo de un turista — europeo del este con mochila y mapa en la pantalla.
Le Chat no se mueve. No alza la voz. No gira la cabeza. Solo se le tuerce una comisura de los labios — el juego ha comenzado.
Escucha a través del teléfono: ruido callejero, una ventana abierta, el lejano rumor de París.
— Ma chérie… ¿podrías tirar el café por la ventana? A la cuenta de tres.
— Pourquoi?
— Un…
Pausa.
— Deux…
Silencio. Solo el ruido de París en el auricular.
— Trois.
Chapoteo. En algún lugar sobre la calle.
Una chica mensajera en shorts Nebbia irrumpe en el cruce a toda velocidad. Café desde arriba — justo sobre ella. Grita, pero no frena — se limpia la cara sobre la marcha y sigue volando.
Los franceses en las mesas la siguen con la mirada — figura atlética inclinada sobre el manillar, shorts Nebbia, piernas bronceadas. El camarero se queda paralizado con la bandeja. Alguien deja caer el teléfono. Alguien — el cambio. Alguien — la mandíbula.
Adelanta a un ciclista que mira hacia arriba, indignado, buscando la ventana culpable. Pasa zumbando junto al panadero en la esquina de la Rue de Rivoli — este se gira al silbido de las ruedas. Deja caer las baguettes. Ruedan por el adoquín.
Un desempleado con chaleco amarillo, un cartel bajo el brazo, tropieza con una baguette. El cartel — con la cara de un político francés — se rasga por la mitad. Un obrero desde una escalera mira hacia abajo, se agarra a la barandilla. La escalera cruje.
Y ella sigue volando. Dos manzanas en tres minutos — un meteoro en el flujo urbano.
Un ciclomotor esquiva la baguette caída. Un taxista frena en seco. El carterista de la gorra gris zigzaguea entre los coches, mira atrás — y no la ve.
La chica mensajera sale disparada de la esquina. Manillar a la izquierda. Rodilla inclinada. El carterista salta — directo a los brazos de un gendarme que salió del café con un croissant.
¡MERDE! — grita el taxista.
Y ella ni siquiera se vuelve. Sigue volando.
Le Chat sacude la ceniza.
Sonríe.
Deja un billete bajo el platillo — justo lo suficiente para que la propina sea correcta.
Se ajusta la boina. Cierra la llamada:
— Merci, ma chérie. ¿En qué nos quedamos?
Se levanta. Boina, bigote, cola con borla.
Se va por una callejuela estrecha. Sin mirar atrás.
No lo calculó. Simplemente tiró los dados.
La novena vida. La última.
FIN 🐱